Edith se
dirige hacia la casa de Helena tal y como lo hace todos los sábados sin saber
que este sería un sábado diferente.
Edith es una
joven profesional de uñas acrílicas que trabaja a domicilio y disfruta mucho lo
que hace. Es un artista.
Edith atiende
a Helena siempre los sábados, porque Helena es una mujer muy ocupada. Además Helena
es muy tímida y por eso prefiere que le lleguen a hacer las uñas a su casa
porque no le gusta que nadie la vea en el salón de belleza y tampoco le gusta
socializar, a pesar de ser una empresaria de éxito.
Helena es una
mujer de altura mediana, estructura ósea fina y delgada, pero con las caderas
prominentes. Cuando era joven tenía un cuerpo muy estilizado. Edith no conoce
la edad de Helena, pues nunca han
hablado de ello, pero sabe que más de 55 años no tiene. Es rubia natural y sus canas
son doradas, tiene unos ojos avellanados muy bonitos pero con muchas ojeras. Es
muy rutinaria y metódica. Ella es mercadóloga de profesión y por muchos fue dueña
de una empresa de investigaciones de mercado, y hace un par de años vendió sus
acciones a su socia porque ya se quería jubilar, sin embargo su carácter
emprendedor no la dejó estar quieta y actualmente tiene una tienda de zapatos y
tiene bastante éxito en su nuevo negocio.
Helena tiene mucho
dinero debido a la capacidad para hacer negocios y a su inteligencia, pero es
tímida y solitaria, con muchos complejos y con baja autoestima.
La razón
principal por la que Edith le hace las uñas es porque Helena tiene todas las
semanas diferentes citas de negocios con gente muy importante, y ella desea que
sus uñas estén muy presentables. Ella misma le ha dicho a Edith que se pone las
uñas para ocultar sus debilidades, y que no le gusta que esa gente importante
conozca sus debilidades, pues Helena padece Onicofagia
La Onicofagia
es el hábito de comerse las uñas y lleva aproximadamente quince años
padeciéndolo, ella cree que el mal hábito se produjo después de su divorcio, o mejor
dicho se intensificó a raíz de ello, pues cuando era muy pequeña también se
comía las unas pero con menor intensidad.
Edith sabe que
uno puede conocer la salud mental de una persona, a través de sus uñas, y que se puede ver si una persona está sana o
no o si tiene algún complejo, trauma, estrés, etc.
Desde que se
conocieron, Helena ha cruzado pocas palabras con Edith, pues mientras le hacen
las uñas, ella siempre está viendo alguna serie de televisión, y casi no salen
palabras de su boca. Lo que Edith conoce es porque lo ha obtenido a fuerza de
preguntas que le hace algunas veces, pero la mayoría del tiempo Helena
permanece inerte frente el televisor viendo Magnum o La Mujer Biónica, pues
solamente sintoniza un canal de series clásicas.
Edith toca el
timbre, y nota que la empleada de Helena se tarda más tiempo del usual en abrir
la puerta. Finalmente la hace pasar, y le cuenta a Edith que el martes pasado murió
Loli, la gatita siamesa de Helena, que ya tenía 15 años con ellas. La razón fue
porque su corazón era muy grande y le obstruía los pulmones, tosía todo el día,
quisieron rescatarla a través de una operación, pero por su edad, murió por los
efectos de la anestesia.
También le
explica que hoy no le va a poner las uñas a Helena, que esta va a ser una
visita social únicamente, pero que no se preocupe, que se le van a cancelar sus
servicios como todos los sábados. Edith intuye que algo anda mal.
Al entrar a la
sala, Edith ve a Helena y nota, inmediatamente,
su mirada triste. Ve que tiene las manos vendadas. Comienza a acercarse
a ella lentamente y al mismo tiempo Helena comienza a desenrollarse las vendas.
Pronto Edith horrorizada observa que Helena se ha arrancado las uñas de la mano
izquierda y luego nota que, al quedar descubierta la derecha, tampoco tiene
uñas. La escena es espantosa. Todavía se
ven vestigios de la sangre, ahora seca, que debió haber fluido en grandes
cantidades, cuando Helena, a mordidas, se quitó sus uñas.
Levantó
lentamente la mirada y vio, a Edith con vergüenza y dolor. Le pidió que se
acerque y le dijo que no pasa nada, que ha sufrido mucha ansiedad y tristeza
por la muerte de Loli, y que la necesita más que nunca, que esté a su lado ahora
que sabe que necesita ayuda psicológica inmediata.
Te lo Dije Sin
Palabras
Miguel recogió
a Lorena a las tres de la tarde.
Lorena era
responsable de las pruebas psicológicas en el departamento de recursos humanos
de la empresa, aparte de dar inducciones en la planta a los ingenieros recién
contratados.
Cuando
Miguel llegó por primera vez a entrevistarse, cruzaron miradas de manera fugaz,
suficiente para que los ojos de ella despertaran en él deseos que llevaba mucho
tiempo de no sentir por una mujer. Fue entrevistado por varias personas, y cada
vez que llegaba a la empresa, esperaba verla. Finalmente en una de todas las
citas la volvió a ver. Ella daba los exámenes psicológicos y los test de
inteligencia.
- Qué bien que no me van a pasar exámenes de
inteligencia emocional, porque si no, esta chica notaría que me excito solo con
verla. ¿Qué me pasa? ¿En qué diablos estoy pensando? Debo concentrarme -
pensó Miguel, quien mordió el borrador del lápiz que Lorena le entregó al
recién comenzar a responder las pruebas.
Mientras
Miguel completaba las pruebas, Lorena permaneció de pie en la puerta del salón.
Se recostaba en el marco, cruzando levemente sus piernas cubiertas por unas
finas medias de seda. Leía un manual, pero de reojo, veía a Miguel.
Miguel era
corpulento, tenía manos grandes y cejas espesas. A pesar de la seriedad con que
completaba las pruebas, ella notaba que estaba nervioso por su presencia. Ambos
no podían evitar, con lenguaje corporal, informarse el uno al otro de su mutua
atracción y de sus evidentes intenciones.
Ese viernes,
ambos se encontraron en la recepción de las oficinas centrales. Bajaron por el
ascensor hacia el parqueo donde Miguel tenía parqueado el pick-up que le habían
asignado en la empresa. Se dirigieron hacia Vieja Villa, sitio de una de las
plantas de producción donde Miguel iniciaría a trabajar el lunes.
Durante el
camino hablaron de cosas impersonales, del clima, de la situación de violencia
que vivía Guatemala, del tránsito y no fue sino hasta antes de llegar a la
autopista que los conduciría a su destino que ambos, entre palabras a medias,
risas y gestos con las manos, se contaron que ninguno de los dos estaba casado
ni tenía pareja.
En una de las
bajadas de la carretera conocida como Cuesta de las Majas, Miguel sintió que el
carro fallaba. No sabía si eran las fricciones o los frenos, pero se puso muy
nervioso, pues esa autopista tenía fama de peligrosa. Parqueó el vehículo a la
orilla de la carretera. Lorena le preguntó qué pasaba y rápidamente Miguel le
explicó el problema. Bajó a revisar el carro y en efecto, había un problema con
los frenos.
Tomó detrás
del asiento herramientas para intentar componer la avería. Se tiró bajo el auto
a hacer algunas revisiones, aunque en realidad, no sabía exactamente qué hacer.
Sin embargo, no quería impresionar a Lorena. Ella bajó a ofrecerle ayuda a
aquel mecánico que improvisaba una solución.
Unos minutos
después, Miguel dijo: - Dejé las llaves sobre el asiento del conductor. Espero
que no hayas cerrado con llave tu puerta Lorena.
- Creo que
este carro es de esos que cierran automáticamente Miguel, déjame revisar - dijo
Lorena, quien rápidamente revisó. En efecto el auto estaba cerrado con llave.
Sintió un
dolor en el estómago, una mezcla de preocupación y risa, porque sabía que
aunque estuvieran allí parados en medio de la nada, ella se sentía feliz por
estar sola con Miguel. Le avisó el estado del auto y justo cuando estaba
diciendo las últimas palabras comenzó a llover.
Miguel salió
de debajo del auto y se dio cuenta que las chaquetas también estaban dentro. No
supo qué hacer sino abrazar a Lorena, quien ya con la blusa empapada de agua,
sentía un poco de vergüenza porque sabía que la ropa interior se le traslucía y
también sus pezones.
El abrazo
procedió a un beso fuerte y largo. Habían estado flirteando cada vez que se veían
las últimas tres semanas y deseaban hacer el amor intensamente.
Lorena pensaba
que el efecto que tiene el agua cuando uno está besando a quien desea
intensamente era increíble. La excitación hace que se nuble el pensamiento y la
razón, pues algún efecto provoca el agua de lluvia cuando cae sobre los
cuerpos, la cara, los labios, haciendo que uno se una más con la otra persona,
que se mezclen como harina con agua.
Sin dejar de
besarse, caminaron hacia unos matorrales. Se quitaron la ropa y copularon como
nunca lo habían hecho antes. Todo pasó muy rápido. Una vez terminaron, se
rieron muchísimo, y comentaron que nunca habían vivido algo así.
Miguel sacó su
celular de su jeans y agradeció a Dios que tuviera señal. Llamaron a la
empresa. Treinta minutos después, un chofer llegó a recoger a los empapados
amantes que siempre guardarían ese secreto que les había producido una
felicidad reflejada en las sonrisas de sus rostros.
#miregalodenavidad
Robert había
decidido hacerlo todo diferente. Desde que su padre se había jubilado del
negocio familiar heredado de generación en generación, Robert comenzó a dirigir
la empresa. Sin embargo, lo hizo de una manera diferente.
La sede de la
empresa estaba situada en el Hemisferio Norte, al lado del Océano Ártico, donde
el mar está cubierto por un casquete de hielo. Robert dejó que la fábrica que
elaboraba todos los productos continuara en el lugar de siempre. Pero decidió
cambiar la sede de su oficina administrativa a Manhattan, Nueva York. Gracias a
la tecnología, el internet y las telecomunicaciones, él podía ver cómo
trabajaban los miles de empleados que producían todo el año juguetes, pues a
eso se dedicaba la empresa de su padre.
Robert se
levantaba desde muy temprano, ya que debido a la diferencia de horas, a las dos
de la madrugada hora este comenzaban a trabajar. Veía por cámaras la
producción, hablaba con el jefe de la planta, hacía transferencias bancarias
para el departamento de compras y daba todas las instrucciones precisas para
que la fábrica marchara sin interrupciones. Luego, revisaba su cuenta de
Twitter y Facebook para ver qué le habían escrito los miles de fans que tenía
alrededor del mundo y les contestaba a
todos; eso es algo que su padre no hacía por falta de tiempo, pero gracias a
las redes sociales, él sí podía hacer. Además, usar un teléfono inteligente le
permitía responder a cualquier hora en cualquier lugar, aunque estuviera
tomando un baño en la tina.
Una vez terminadas
sus tareas se duchaba, vestía un traje Armani, zapatos Salvatore Ferragamo y
recorría Nueva York, pues se sentía atraído por aquella ciudad que tenía tanto
para hacer que nunca se aburría. No
paseaba solo por Manhattan, sino que recorría todos los alrededores de la gran
ciudad de Nueva York; un día iba al jardín Botánico de Brooklyn y otro día al
Museo Metropolitano de Arte. Por las noches veía espectáculos en Broadway o
asistía a un concierto en Carnegie Hall, y los sábados en la tarde eran ideales
para un paseo en bicicleta en Central Park. La ciudad no podía ser más
perfecta.
Para Robert,
el mes de diciembre era el más especial. Le encantaba la creatividad de los
neoyorquinos al decorar calles, tiendas, parques y hacer de la Navidad una
fiesta esperada con tanta ilusión.
- Hoy iré a
comprar el árbol de Navidad. En el Polo Norte, debido al clima, no hay árboles.
A pesar del trabajo al que nos dedicamos nunca decoramos uno. ¡Hoy iré en busca
de mi primer árbol navideño! – dijo Robert a Adam.
- ¡Excelente,
Robert! Diga al taxista que lo lleve unas cuadras al sur de Rockefeller Center.
Ahí venden árboles altísimos y frondosos- dijo Adam.
- ¡Gracias por
la sugerencia Adam!- dijo Robert. Paró un taxi que marchó con él a toda prisa.
Pasaron
Rockefeller Plaza y se detuvieron en la venta. Al ver a la gente, la decoración
y los grandes árboles, la emoción fue tal que Robert sintió ganas de llorar. Se
situó al lado de unos niños, y un pequeñín le decía a su hermano menor: -
Nuestro árbol de este año debe ser lo suficientemente grande como para que le
quepan debajo nuestras bicicletas que le pedimos a Santa Claus. Nos portamos
muy bien todo el año. ¡Seguro seremos los primeros en recibir los regalos!
Al lado, otra
niña de cabello rubio y crespo, con una nariz tan chiquita que parecía un botón
le decía a su mamá: - Sé que Santa le va a poner a nuestro árbol la muñeca
Barbie que le pedí, ¡mamá, mandé un mensaje al Facebook, y me lo respondió! ¡A
esta hora la deben estar empacando!
Robert sintió
una fuerte emoción en su corazón. Comprendió que el trabajo que su papá y su
familia habían hecho por generaciones era más complejo que las conexiones
inalámbricas, el internet o los twitts con los duendes de su padre para
chequear la producción. Trabajar en la fábrica de Santa Claus era trabajar
arduamente para hacer felices a todos los niños de la tierra.
Se acercó a
un vendedor de árboles, compró uno muy alto y lo llevó a su apartamento. Lo
decoró con luces y todos los adornos que encontró en la tienda de la esquina.
Le gustaba Nueva York, pero sabía que tenía un llamado importante que cumplir.
Se llamaba Robert, pero en diciembre cambiaba papeles y se convertía en Santa
Claus. Había llegado el momento de volar por primera vez su trineo con los
renos por todo el mundo repartiendo regalos.
Empacó sus
cosas y salió del edificio. Empezaba a caer la primera nevada de invierno. Se
dirigió al aeropuerto y compró un boleto hacia el Polo Norte. Tenía algo
pendiente que hacer en la Ciudad que Nunca Duerme. Volvería a Nueva York en
abril a ver jugar a Dereck Jetter en Yankee Stadium.
En la Parada,
Por Favor
Cuando Jorge Mario fue a estudiar un postgrado fuera de Guatemala, Carolina pasó muchos años sola, pensando que no volvería a enamorarse. Pero un día, un amigo le presentó a Roberto, y con el tiempo se convirtió en su pareja. Disfrutaban mucho estar juntos, la pasaban bien, y no solo en la cama, sino que lo que más disfrutaban era charlar, antes y después de hacer el amor.
Jugaba con nosotros siempre y todo su tiempo era para estar con sus hijos, excepto el tiempo que estaba en su jardín, cuidando a sus azaleas.
El cielo cubría todo en un manto de oscuridad. Eran las cuatro de la mañana y no podían distinguirse ni la luna ni las estrellas. Gabriel estaba escondido detrás de un matorral. Llovía. La soledad de su misión le daba tiempo a Gabriel para pensar. Pensaba que la lluvia de la madrugada era diferente a la lluvia de la tarde o la lluvia de la noche. La lluvia de madrugada no tenía color. No era la lluvia gris de las cinco de la tarde de julio, que provoca tránsito y desorden en las calles. Tampoco era una lluvia que cae durante una mañana de domingo en un callejón lleno de niños donde saltan los charcos y hacen barcos de papel; esa es una lluvia divertida. La lluvia de madrugada era una lluvia que anunciaba un día gris, sin sol, preámbulo de un día nublado y tenebroso. La lluvia de aquella madrugada era fría, silente, pues en medio de la soledad del bosque, solo se escuchaban las gotas caer.
Cuando Jorge Mario fue a estudiar un postgrado fuera de Guatemala, Carolina pasó muchos años sola, pensando que no volvería a enamorarse. Pero un día, un amigo le presentó a Roberto, y con el tiempo se convirtió en su pareja. Disfrutaban mucho estar juntos, la pasaban bien, y no solo en la cama, sino que lo que más disfrutaban era charlar, antes y después de hacer el amor.
Jugaba con nosotros siempre y todo su tiempo era para estar con sus hijos, excepto el tiempo que estaba en su jardín, cuidando a sus azaleas.
El cielo cubría todo en un manto de oscuridad. Eran las cuatro de la mañana y no podían distinguirse ni la luna ni las estrellas. Gabriel estaba escondido detrás de un matorral. Llovía. La soledad de su misión le daba tiempo a Gabriel para pensar. Pensaba que la lluvia de la madrugada era diferente a la lluvia de la tarde o la lluvia de la noche. La lluvia de madrugada no tenía color. No era la lluvia gris de las cinco de la tarde de julio, que provoca tránsito y desorden en las calles. Tampoco era una lluvia que cae durante una mañana de domingo en un callejón lleno de niños donde saltan los charcos y hacen barcos de papel; esa es una lluvia divertida. La lluvia de madrugada era una lluvia que anunciaba un día gris, sin sol, preámbulo de un día nublado y tenebroso. La lluvia de aquella madrugada era fría, silente, pues en medio de la soledad del bosque, solo se escuchaban las gotas caer.
- A lo mejor esta lluvia me quiere decir
algo. Está anunciando que hoy puedo morir - murmuró Gabriel.
Se había iniciado en la guerrilla hacía un
año. Su misión ese día, la razón de aguantar lluvia, frío y nervios durante
esas horas de la madrugada, era que estaba allí para asesinar, de un tiro, al
General García Corzo. Antes de la guerra, nunca había pasado por su mente ser
francotirador. Sin embargo, esas misiones de horas y días sólo en las montañas
de Guatemala, fueron algo natural para él.
Llevaba cuatro horas esperando y no
aparecían. Estaba ansioso. No sabía si la humedad en su espalda se debía a la
lluvia que caía o si era el sudor frío que acompañaba ese momento de alta
tensión.
De repente, escuchó pasos. Por el crujir
de las hojas del suelo, se percató que se acercaban varias personas. Más de las
que esperaba. Sabía que el General García Corzo iría acompañado del teniente
Genaro Espina, quién era espía de ORPA. Pero calculaba que con ellos venían
ocho personas más. Su nerviosismo iba en aumento. Sabía que si lo atrapaban, el
castigo que le iban a infligir antes de su muerte iba a ser horrendo.
Los pasos se fueron escuchando cada vez más
cerca. Finalmente, distinguió las siluetas de varios soldados que hablaban y
fumaban. Entre ellos reconoció al Teniente Espina, quién hizo una señal con su
linterna. Detrás de él caminaba el General García Corzo.
Gabriel levantó su M-16, apuntó al pecho
del General y jaló el gatillo. Se escuchó el disparo seguido de un grito
gutural. El General se derrumbó. Gabriel se movió callado tres pasos a su
derecha y se tiró al suelo. Segundos después, el escondite que había abandonado
fue rociado por balas de las armas del enemigo.
Escuchó a los acompañantes del asesinado General García Corzo dar
instrucciones para que lo atraparan vivo o muerto. Se arrastro hacia unas rocas
y se colocó en cuclillas, listo para saltar dentro del barranco.
Cuando se unió a la Organización
Revolucionaria del Pueblo en Armas se preguntó si iba a salir con vida de la
guerra. Si ese madrugada debía morir, se iría satisfecho que había defendido la
causa por los desprotegidos, por los que no tienen tierras, por los abusados y
abandonados.
Escuchó al teniente Espina decir, - ¡compañeros,
llevemos a mi General a la base, todavía
respira, está vivo! - Recordó que esas eran las palabras claves que su cómplice
diría para persuadir a los otros soldados de retirase del lugar. Ese día,
Gabriel iba a vivir.
Los soldados cargaron al viejo General y
se alejaron. Todo quedó quieto en el bosque. Lo único que se escuchaba eran las
gotas caer como lágrimas. Gabriel se
colgó el fusil a la espalda, sacó una pistola y corrió bajo la lluvia de la
madrugada hasta desaparecer entre las montañas.
Años después, Gabriel vio fuera de la
ventana del autobús la formación de nubes grises. Iba a caer un aguacero. La
lluvia hacía que brotaran en él los recuerdos de la guerra. Se levantó del
asiento, sonrió a la señora a su lado y le indicó al chofer: - En la parada por
favor.
Mudanza
Nunca pensó que llegaría aquel momento. No lo había planeado, pero era uno de los riesgos de su oficio, gracias a Dios, un riesgo menor. Ahora ella recordaba cómo había comenzado todo.
Liliana se había iniciado como meretriz desde los dieciséis años en San Antonio, su pueblo natal, en donde las vecinas la consideraban una mujer de moral cuestionable, porque era del dominio público y se acostaba con todo aquel que le diera dinero a cambio.
Víctima de abusos de parte de sus tíos y sus padres, ni siquiera recordaba cuando había dejado de ser virgen. Sin embargo, recordaba claramente a Aurelio, su amigo de la escuela, quien, cuando ella iba a bañarse al río, le enseñó a disfrutar su cuerpo y la hizo sentir mujer. Después de Aurelio vinieron varios hombres del pueblo a ofrecerle dinero a cambio de placer, y como el sexo a Liliana le gustaba, ella aceptaba y llevaba comida a casa. Por ello, cuando aquella gorda y maloliente pero adinerada mujer, llegó a hablar con su madre, y le ofreció una solución para su precaria vida, si se llevaba a Liliana a la capital a trabajar a su bar, ambas aceptaron.
Liliana comenzó a trabajar en un lupanar del Barrio Gerona y allí descubrió que ser una puta no era nada agradable. Fue golpeada por muchos hombres, la hacían trabajar de más y hacer cosas que jamás hubiera pensado que eran posibles; a cambio recibía poco dinero.
Pasaron tres años ya desde el primer día que llegó a la capital. Muchos hombres habían dejado marcado su cuerpo y su alma, había experimentado todo tipo de situaciones e ingerido cualquier sustancia, y ahora que estaba a punto de dar a luz, estaba muy asustada. No sabía quién era el padre de la criatura y tampoco le interesaba saberlo. De lo único que estaba segura era que iba a dar en adopción al crío que estaba a punto de nacer.
- ¡Relájate mujer, respira profundo, pronto se acelerará el ritmo de las contracciones y tendrás que tener fuerzas para pujar duro!- Le decía la comadrona que la estaba auxiliando.
- ¿Cómo quieres que me relaje si me duele hasta la madre? ¡Tengo mucho miedo, siento que me muero! -gritaba agitada Liliana.
Ella estaba dando a luz a una criatura que no quería en su vida. A pesar de todo el dolor y desesperación que sentía, su mayor miedo era que cuando lo viera a los ojos, ya no le dieran ganas de regalarlo. Cuando se enteró que estaba embarazada se asustó, pensó que pasaría muchos meses sin oficio, y que debía ahorrar dinero y trabajar mucho hasta los meses en que pudiera regresar al bar. Nunca pensó en matar a su hijo, y sabía que el destino le había preparado aquella tarea e iba a respetarlo, aunque después lo regalara.
Ahora dudaba de aquella decisión. Quería que todo aquel dolor pasara ya, pero también se moría de ganas de tener al bebé en sus brazos.
El intenso trabajo de parto había dado inicio. El dolor no podía ser mayor, pujaba con fuerza, gritaba, jadeaba y lloraba, todo al mismo tiempo. Sintió desmayarse y de repente el dolor en medio de sus piernas se convirtió en ardor, era el momento. Por su vagina sintió salir la cabeza y vio como la comadrona jalaba al niño para que este fuera expulsado totalmente. La comadrona lo sacó, lo tomó en sus brazos, cortó el cordón umbilical y se lo dio a Liliana. Ella lo recibió en sus brazos, escuchó su llanto y lo sintió respirar. Todavía sentía dolores, y también cómo un líquido espeso y caliente salía por su desgarrada vagina; pensó que se estaba desangrando.
- Has hecho un buen trabajo niña, mira que tu hija es bastante grande, pero lo lograste. Ahora expulsarás la placenta y ya podrás descansar- dijo la comadrona.
- Es hermosa mi hija, es tan perfecta. Sacó mi nariz. Mira estas manitas tan pequeñas. No tengas miedo nenita, aquí está tu mamá, nunca dejaré que nada te pase, te cuidaré mucho- decía Liliana entre sollozos y lágrimas, y besaba la frente de aquella indefensa criatura.
- Un hijo te cambia la vida amiga, un hijo hace que dejes de hacer cosas que no podías dejar y te salen fuerzas cuando ya no crees tener más. Descansa, todo ha terminado y tendrás que estar fuerte para alimentar a tu hija- dijo la comadrona y le quitó a su hija para limpiarla.
Liliana no pudo dar en adopción a su hija, se recuperó tan pronto como pudo y antes de los primeros cuarenta días, se fue de regreso a San Antonio con su hija en brazos, allá comenzó a trabajar en la farmacia más grande del pueblo como conserje de la limpieza, y con los años llegó a ser la cajera del negocio. Nunca más tuvo sexo a cambio de dinero. Con la ayuda de su madre, cuidó a su hija, la inscribió en la escuela, y ambas se mudaron a Mazatenango luego que su hija cumplió quince años, para que la niña estudiara en un instituto comercial para ser secretaria.
La niña terminó la carrera de secretariado, y trabaja como secretaria en los juzgados. Está soltera y sueña con ir a estudiar a la universidad a la capital.
Esa niña soy yo, quién les escribe estas líneas, con el deseo de compartir la gratitud y admiración por la valentía de mi madre, quien con esfuerzo cambió su vida, mudó sus hábitos y costumbres, y con amor me dio una vida que ella no pudo tener.
Carolina estaba en el café de la esquina de su trabajo, esperando a Roberto. Leía un libro mientras tomaba un café cortado. En esa tarde lluviosa, hacía un poco de frío, suficiente para que sus pezones se endurecieran y ella pudiera sentirlos. Estaba ansiosa porque sabía que cuando llegara Roberto irían a su apartamento a hacer el amor. Se empezó a excitar.
Súbitamente vino a su mente el recuerdo de aquel día en que perdió su virginidad. Tenía veinte años, y Carolina era la única de sus amigas que aún era virgen. La decisión estaba tomada, y ese era el gran día. Cuando era niña le habían dicho que la virginidad era aquel regalo que ella debía guardar para su esposo, aunque a esa edad ella no entendiera el concepto del matrimonio.
Cuando era adolescente sus profesoras con ideas religiosas le habían explicado que el sexo antes del matrimonio era el peor de los pecados, pero sus hormonas y su cuerpo estaban ya en edad de merecer.
No tenía novio, pero había estado hablando sobre el tema con Fabricio, su mejor amigo de la universidad, y ambos concluyeron con que tenían mucho en común y consideraron que su amistad no se iba a ver afectada si se acostaban, para que Carolina por fin perdiera su virginidad y comenzara a saborear las mieles del placer.
Esa tarde, fue todo un fiasco.
Fabricio y ella fueron a un hotel barato. Comenzaron a besarse, ella tenía mucho miedo, y sentía una sensación muy extraña al besar a Fabricio. Se quitaron la ropa, se acostaron en aquella cama angosta y con sábanas con un desagradable olor a humedad y sudor distinto del de ellos.
Carolina sintió náuseas, pensó que no era un lugar higiénico y no se dio cuenta en qué momento Fabricio la penetró. El dolor fue espantoso. Sintió que sus piernas se acalambraban y le dolieron hasta las uñas de los pies. Fabricio estaba sobre ella y era él quien ejercía la fuerza, ella estaba inerte. Comenzó a llorar en silencio y solo esperaba que Fabricio se detuviera, y ella pudiera vestirse y salir de allí. Fabricio terminó muy rápido, para gratitud de Carolina, y ambos salieron de allí rápidamente. Su amistad nunca más fue igual. Nunca le contaron a nadie lo sucedido, pero Carolina pensó que el sexo no era como se lo había imaginado.
Pasaron los meses y con ellos los semestres en la universidad y ya en el último año, ella conoció a Jorge Mario. Aquello fue una atracción instantánea, a la semana de haberse conocido se convirtieron en amantes. Él hacía sentir a Carolina lo que nunca había sentido antes, fue hasta esa época en que ella disfrutó no ser virgen y pensó que el gran pensador Voltaire tenía razón cuando dijo “Una de las supersticiones de la mente humana es haber creído que la virginidad podía ser una virtud”.
Carolina terminó su cortado, y a sus treinta años, pensó que gracias a Dios ella no era virgen y que podía experimentar una de las mejores cosas que hay en la vida, el sexo, a diferencia de algunas compañeras de trabajo y conocidas que seguían guardándose sin saber de lo que se estaban perdiendo.
Roberto, como de costumbre, llegó retrasado. Pagó la cuenta de Carolina y se fueron tomados de la mano, sin decir palabras. Se dirigieron al lugar en donde podían charlar, reír, disfrutar y amar. Fueron directo a la alcoba.
“No se suponía que me pasara esto a mí y justo ahora”, pensó Violeta. Ella era una persona responsable en su trabajo que siempre quería hacer todo de manera impecable.
Aquel día, el jefe del departamento de contabilidad, de la empresa en la que ella trabajaba, le había pedido que fuera al edificio del Ministerio de Finanzas Públicas, en su ciudad, a presentar unos documentos que le habían requerido a la empresa. Ella nunca decía que no a ninguna solicitud que le hacía, pues tenía un espíritu colaborador y de trabajo. Aparte de ello era joven, bonita, sabía vestirse con sencillez pero de manera muy esmerada y era admirada por todos, pues ella era una mujer elegante.
Llegó a aquel antiguo edificio de dieciocho niveles, muy temprano y a pesar de ello tuvo que esperar varios minutos hasta conseguir espacio en el elevador. Dejó pasar a varias personas de la tercera edad, y cuando por fin encontró un pequeño espacio en el elevador y le dijo al ascensorista que ella se dirigía al décimo nivel, sintió un fuerte dolor en la parte inferior de su estómago, justo arriba del vientre y escuchó el sonoro aire que se escapó de sus intestinos de manera involuntaria. Segundos después, el desagradable olor llegó a su nariz y notó de inmediato que un joven burócrata que estaba al lado de ella, la vio con una expresión de molestia.
Violeta sintió mucha vergüenza, no sabía qué habría comido que le había ocasionado aquel malestar y aquella terrible flatulencia, lo cierto es que la “impecable Violeta” quería morirse en aquel instante. El elevador se detuvo en cada piso, y ella sintió eterna la llegada a su destino. Justo antes de bajarse, las flatulencias atacaron de nuevo, esta vez hubo dos seguidas y no faltó algún imprudente que dijera un comentario desagradable en voz baja. Finalmente el piso diez. Verónica salió corriendo y buscó un baño, pues supo que aquellas feroces flatulencias eran el anuncio de las necesidades mayores que su cuerpo necesitaba evacuar de manera inmediata.
No veía un baño por ninguna parte, solamente puertas que conducían a las oficinas de aquel edificio estatal. Repentinamente una puerta se abrió y de ella salió una señora, bajita, regordeta, con el cabello pintado de un rojo fuego que la hacía ver muy divertida y con un toque circense que nada tenía que ver con las aflicciones de Violeta. Inmediatamente Violeta se acercó a ella y le dijo desesperadamente que necesitaba un baño, y tal era la cara de aquella compungida mujer, que la señora la condujo por un pasillo y le abrió una puerta en donde había un sucio y oscuro baño, pero que para Violeta fue como encontrar un oasis en un desierto.
El resto de la historia, lo imaginarán ustedes, pero lo que no saben es que mientras Violeta sufría y pasaba vergüenza en aquel ascensor, alguien muy mal intencionado le robó su billetera de su bolsa y al salir del baño notó que no tenía dinero para tomar un bus y volver a su trabajo, por lo que tuvo que regresar caminando, pero iba muy tranquila, a pesar de todo, pues se había desecho de todo lo que le “estorbaba” dentro de sí en aquel horrible baño que fue su salvación. También agradeció que aquel incidente no le pasara en su oficina sino en aquel feo edificio que seguramente albergaba historias malolientes como la que la había pasado a ella.
Recuerdo a mamá todo el tiempo. La veo en el jardín cuidando sus flores, diciéndonos:
- Las azaleas son las hijas que nunca tuve.
Cuando Juan Diego, mi hermano mayor, tenía cinco años, mi padre murió, dejándola sola con tres hijos. Roberto, el mediano tenía tres años y yo ni siquiera había celebrado mi primer cumpleaños.
Mis tías siempre me cuentan que mamá lloró a papá, pero que no se dejó vencer por la tristeza y que a los pocos días consiguió un trabajo de secretaria en una oficina pública.
Mientras trabajaba, nos dejaba en una guardería. Después fuimos a una escuela que quedaba muy cerca de la casa. Regresábamos solos los tres caminando y nos calentábamos el almuerzo que mamá nos había dejado preparado la noche anterior. A las cinco de la tarde, siempre llegaba feliz, nos abrazaba y nos besaba. Se quitaba sus zapatos de trabajar, porque decía que le dolían los pies, e íbamos a la panadería de la esquina para hacer la compra de la cena de cada noche.
El tiempo pasó rápidamente. Crecimos y con nosotros crecían los gastos. Mamá tuvo que tomar otro trabajo en las noches, en una cafetería muy cerca de casa. Ahora pasaba menos tiempo con nosotros pero siempre hubo comida en la mesa, y nunca nos faltaron pantalones ni zapatos.
Uno a uno fuimos terminando la escuela y ella nos decía que ahora nos tocaba volar y luchar solos, que ella ya quería descansar un poco y dedicarse más a su jardín.
Un día me dijo, - Daniel, te corté unas azaleas para que se las lleves a Fátima porque regalar una azalea es demostrar que tu corazón está feliz porque pronto se van a casar.
Uno a uno nos fuimos casando. Juan Diego se fue a vivir a Atlanta por trabajo. Allá encontró a su mujer. Mes a mes le mandaba dinero a mamá para que no le faltara nada. Yo me casé con Fátima, y todos los domingos llegábamos a almorzar con mamá a su jardín de azaleas, y ella cocinaba para nosotros.
Alguna vez escuché decir que las azaleas significan “alegría de amar”. Debe ser cierto, porque por eso eran las flores favoritas de mamá.
Roberto fue el último en casarse, y decidió que la iba a llevar a vivir con él; pero mamá no quería dejar su casa con el jardín, así que Roberto y su esposa se mudaron a vivir con ella. Poco a poco se fue deteriorando, y a menudo no solo la escuchaba hablando con sus azaleas sin que pareciera que le hablaba a mi padre.
Un día quedó dormida en su silla de ruedas en el jardín. Ya no volvió a despertar. Tuvo una muerte tranquila. Fue una mujer valiente. Hoy camino al cementerio, la recuerdo, la pienso y en mi mano, no puedo llevar otra cosa que unas azaleas.
Tita llegó a su casa, como de costumbre, por la tarde. Llegó a la puerta de su habitación y al momento de encender la luz, vio a dos hombres vestidos totalmente de negro. No pudo verles los rostros, porque llevaban máscaras también negras. Uno de ellos sacó la imagen de su Niño Dios de la cajita, y al momento en que lo agarró, la imagen cobró vida, la volteó a ver con una expresión angustiada y le dijo a gritos- “Ayúdame porque me matan, ayúdame porque me matan”.
Se lo repitió fuerte, insistentemente. Ella trató de acercarse a los hombres, pero sus piernas le pesaban, no pudo moverse. Tampoco podía gritar ni pedir ayuda y sentía como su garganta se cerraba. Finalmente uno de los hombres metió la imagen dentro de un costal de manta que el otro hombre sostenía, y salieron de la habitación. Ella seguía escuchando a la imagen diciendo, “Ayúdame porque me matan”.
Pasaron frente a ella como si no la hubiesen visto y en el momento en que ella más angustiada se sentía por no poder ayudar a su niño, se despertó súbitamente.
Estaba sudando mucho, jadeaba y sentía que no podía respirar. Se sentó y trató de respirar despacio. Notó que su corazón latía a mil por hora. Extendió un brazo hasta la mesita de noche y encendió la lámpara. Inmediatamente volteó hacia su derecha y buscó si sobre su cómoda estaba esa imagen que su mamá le había regalado antes de morir: su Niño Dios.
Se sintió aliviada al verlo colocado dentro de la cajita de cristal que le había mandado a hacer. Se volvió a acostar, vio hacia el techo y le dio gracias a Dios que todo había sido un sueño. Le costó volver a dormirse, pero sabía que José Domingo, su hermano, la iba a recoger a la mañana siguiente muy temprano para llevarla a la finca de ambos, que ella administraba.
Tita era mayor que su hermano. Ella nunca se había casado, tampoco había tenido hijos, por eso acordó con José Domingo que ella se haría cargo de la finca para él se quedara con su familia en la panadería en la que trabajaba con tanto ahínco.
Al día siguiente, cuando todavía no había amanecido, José Domingo llegó por ella. Ambos se dirigieron hacia la carretera que los llevaría a la finca. Era un viaje largo de siete horas para llegar su destino. Francisco, el hijo mayor de José Domingo, se iba a quedar trabajando en la panadería ese día, en ausencia de su padre y su hermana Regina iba a ayudarle también.
Al medio día, Francisco le dijo a Regina que era él quien iba a conducir el camión repartidor de pan para aquella tarde, y que volvía pronto.
A las dos horas de haber terminado de distribuir el pan en las colonias aledañas, Francisco conducía de regreso al negocio, cuando se percató que tenía un carro a su lado, muy cerca del camión repartidor, y pudo escuchar varias voces. El carro le rebasó y se puso frente al camión repartidor e impidió que éste continuara la marcha y Francisco tuvo que frenar súbitamente. El conductor del carro se bajó con una pistola en la mano, la llevó a la altura de su cabeza, apuntó hacia Francisco y le disparó tres veces. Mientras tanto otro hombre bajó del carro y se acercó al camión de Francisco, abrió la puerta derecha y llevó su mano hacia la guantera y extrajo el dinero que Francisco había colocado ahí, al terminar de vender pan.
La noticia llegó rápidamente a oídos de Regina, quien se vio muy afectada por la trágica muerte de su hermano. Se sintió desesperada, no podía creerlo, le dolió el corazón, sintió que no podía permanecer de pie, y que iba a desmayarse, cuando decidió llamar a su papá y a su tía para contarles lo que acababa de suceder.
José Domingo sintió un dolor profundo en el corazón, cuando escuchó la noticia. Tuvo una sensación espantosa, horrible, y pensó que eso no se lo deseaba a nadie y se puso a llorar como un niño porque su hijo estaba muerto.
“¿Por qué me castigaste Dios mío, qué hice para merecer esto?”, se preguntaba José Domingo.
Al escuchar los gritos, su hermana llegó a donde él estaba, y cuando escuchó la terrible noticia, lo primero que le vino a la mente fue su sueño de la noche anterior.
Pensó que el niño dios que le pedía ayuda simbolizaba la tragedia familiar que iban a pasar y que esa imagen era Francisco.
Tita pensó que nadie conoce los misterios de a muerte, pero de algo estaba segura, que el ser humano muere el día y a la hora que señala la Ley del Destino. Desafortunadamente la humanidad desconoce esa ley.
Abro los ojos, la luz entra por la ventana. Busco a mi lado y la abuela ya no está en la cama. Estiro los brazos, bostezo y rápidamente me levanto, descalza. Camino hacia el televisor y lo enciendo. Todavía no ha comenzado el programa que espero. Salgo corriendo de la habitación y voy al baño, me cepillo los dientes, y luego me dirijo a la cocina.
Allí está Marina, la cocinera. Me mira muy sonriente y yo me acerco a la estufa para ver qué está cocinando.
-Buenos días nena. ¿Por qué anda descalza? Se va a resfriar- dijo Marina.
- ¡No sea exagerada! Hace mucho calor. Sírvame unos frijolitos con crema y me los lleva a la cama. – le digo.
- No nena, a su abuela no le gusta que usted coma en la cama. Voy a servir el desayuno en 10 minutos. Además sus abuelos se pondrán contentos porque usted se levantó temprano y desayunarán todos juntos. Por cierto… ¿a qué se debe que se levantara a esta hora?
-¡Marina! ¿no recuerda qué día es hoy?
- Déjeme pensar. No nena, hoy es un domingo común y corriente
- No Marina, hoy es un día especial. Pronto se va a recordar.
Salí de la cocina desayuné con mis abuelos y de inmediato me fui a ver el programa que tanto esperaba. Cuando terminó me bañé, me vestí y fui a jugar cuerda. Ya quería que fueran las doce. Jugué con la cuerda, pero además me dio tiempo de montar bicicleta y de saltar el avioncito, aunque éste último resultó aburrido. Claro para un hijo único, la mayoría de los juegos resultan aburridos.
Finalmente llegó el medio día. El teléfono sonó, era mamá, quería saber si yo estaba lista para ir al hospital a ver a la tía Adriática, ella había dado a luz un bebé. Era la primera vez que me llevaban a un hospital. Creo que ya crecí lo suficiente porque antes siempre me decían: “eres muy chica para ir a hospitales”. Pero hoy iré, y no solo eso, conoceré a mi primo Rolandito. Le pusieron ese nombre porque así se llama su padre. No es un nombre que me guste, pero me muero de la curiosidad por conocer al bebé.
- Mi primo. No lo puedo creer, tengo un primo, ahora ya tendré con quién jugar- me digo.
Mi mamá me recoge, nos dirigimos al hospital y siento el camino muy largo. Finalmente llegamos y entramos. Es un lugar muy blanco y silencioso. El piso brilla muchísimo y todo está muy claro, me recuerda a una película en la que salía el cielo, y pienso que así de limpio ha de ser el lugar a donde vamos después de morir. Llegamos a un mostrador, mi mamá pregunta el número de habitación de la tía Adriática, nos informan y rápidamente llegamos a su puerta. Entramos y allí está ella y tiene a Rolandito en sus brazos. Corro hacia su cama y espontáneamente me subo, y llego a estar recostada a su lado. Ella me mira y comienza a llorar. Mira a mi mamá y llora más. Llora en silencio, pero muchas lágrimas ruedan por sus mejillas. No entiendo qué está pasando. También mi mamá está llorando. Al principio creo que llora de alegría, porque Marina me explicó que algunas veces los adultos se emocionan mucho y su corazón no resiste y lloran de felicidad. A mí nunca me ha pasado, pero pensé que eso era lo que estaba sucediendo, pero me equivoqué. Creo que ambas lloran de tristeza.
Me acerco más a mi tía y le pido que me deje ver a Rolandito. Ella lo coloca junto a mí, y noto que está dormidito.
- ¡Está muy lindo tía Aadriática! Es tan pequeñito. ¿Le puedo dar un beso? – pregunto con ingenuidad.
- Sí, dale un beso en la frente- me dice la tía Adriática y comienza a llorar nuevamente.
- Hola Rolandito, yo soy tu prima, quien te va a enseñar muchos juegos y canciones. Ya quiero que crezcas y que pasemos tardes juntos. Yo te enseñaré a montar bicicleta. Aunque sea ocho años más grande que tú, verás cómo nos divertiremos.
- Pequeña, tu primo Rolandito es un niño especial, nació con algunas limitaciones, pero va a necesitar que lo amemos mucho y necesitará de personas como tú para conocer y comprender el mundo- me dice la tía Adriática bañada con su propio llanto.
No comprendo por qué me dice eso. No entiendo qué está pasando. Volteo a ver a mamá y ella se acerca a la cama y me dice: “Hija, Rolandito es un niño sordo-ciego, no puede escuchar ni tampoco ver. Nació con un defecto en su cerebro. Los doctores creen que a lo mejor llegue a escuchar un poco, porque eso no lo han detectado completamente, pero están seguros que no puede ver.
Me asusto mucho. Es la primera vez que tengo frente a mí a un niño sordo y ciego al mismo tiempo. He visto a algunos ciegos en la calle vendiendo números de lotería. Por más veces que mi abuela me ha explicado cómo es ese juego, no entiendo por qué la gente ciega vende unos papelitos, todos iguales, y la gente los compra. Pero ahora es diferente, me están diciendo que Rolandito es ciego y sordo, y entiendo que eso significa que no podrá verme ni escuchar nada de lo que le quiero enseñar.
Estamos un rato más con la tía Adriática y de pronto mi mamá me dice que me despida de ella y de Rolandito, y justo en ese momento entra una enfermara que dice que se lo va a llevar.
Nos vamos del hospital, y de regreso a casa veo a un vendedor de lotería y pienso que así va a ser Rolandito cuando sea grande, y yo lo ayudaré a vender esos papelitos y pienso que siempre lo voy a acompañar a la calle, para que nada le pase.
Dentro de la casa, lo único que se escuchaba era el sonido de las gotas que caían del viejo grifo de la cocina, marcando los segundos que no pasaban. Lucía Tapia esperaba en su dormitorio que dieran las cinco de la tarde para salir a encontrarse con Camilo Jiménez. Estaba nerviosa y desesperada. Se levantó, se vio al espejo y se preguntó si estaba lo suficientemente atractiva. Tomó el frasco de perfume y se roció el cuello. Aplico más brillo en su boca de labios tersos, que tanto le gustaban besar a su amante.
Hacía quince años que Camilo Jiménez se había casado, y sin embargo, ellos no dejaban de ir juntos al cine un jueves de cada mes. Lucía sabía que Camilo se había casado por la influencia que ejercía su padre sobre él, procurando la unión de la familia Jiménez con la familia Romano. Aquella sosa y débil unión no había impedido a que Camilo dejara de ver a Lucía. Se veían en casa de ella o en algún hotel en las afueras de la ciudad. No obstante, compartir el cine con Camilo era lo que ella soñaba todas las semanas.
El cine era el lugar favorito de Lucía. Ella se emocionaba al ver las películas de sus actores favoritos en aquella oscuridad, donde solo las acciones proyectadas en la pantalla tenían importancia, y lo convertía el sitio donde olvidaba de la realidad de su soledad.
Ese cotizado jueves, Lucía se acercó a la taquilla, compró su boleto y entró a la gran sala. En la penumbra, vio la silueta de Camilo sentado en la fila de arriba. Al sentarse al lado de él, lo miró fijamente a los ojos, acercaron sus rostros lentamente, y se besaron suave pero intensamente. Ella sintió cómo el beso recorrió todo su cuerpo así como la reacción que había causado en Camilo, pues éste agitó su respiración de inmediato y llevó sus manos al cuello de Lucía, apretándolo con fuerza. Se besaron apasionadamente mientras la película corría.
Lucía pensó que lo que más le gustaba al estar con Camilo en el cine era sentirse como adolescente. Cuando ellos estaban solos en una habitación, se encontraban, se besaban rápidamente, se quitaban la ropa y hacían el amor. En el cine era diferente. Allí había muchas personas y no podían hacer lo mismo que cuando estaban solos. La aventura y sensación de desearse tanto y tocarse en un lugar público le causaba un éxtasis superior y una excitación mayor. Se habían dado cuenta la pasión de ellos incrementaban en el cine y los sentimientos se intensificaban al estar allí.
Por un momento, Lucía trató de ponerle atención al film. Fue un esfuerzo en vano, ya que Camilo introdujo su mano entre las piernas de ella y rosó con la punta del dedo su clítoris a través de sus bragas de seda. Ella sintió de inmediato la humedad que de ahí provenía, la cual incrementaba al ritmo que él la tocaba, rosándola más, de la manera que él sabía que a ella le gustaba. Cerró los ojos, olvidando la película. Volteó el rostro hacia Camilo, y le besó las mejillas, la frente, y el mentón, pasando su lengua en el oído del hombre que era un artista con sus manos.
Lucía también tocaba a Camilo. Abrió la cremallera del pantalón elegante del traje de su amante e introdujo sus dedos con uñas largas para sentir la sangre caliente que corría por todo el cuerpo del hombre, latiendo en el miembro que le daba y recibía placer, con el fin de ocasionar una eyaculación, para que Camilo llegara a sentir el incontrolable placer que él le acababa de proporcionar a ella.
Así pasó la película. Aquellos amantes se redescubrían cada vez más y se amaban entre la multitud en la sala de cine. Se conformaba con saber que ella era la mujer que hacía feliz a Camilo.
Llegó el final, y aparecieron los nombres de actores y productores que habían hecho posible aquella cinta. Se encendieron las luces. Los dos se levantaron, caminaron a la salida de la sala, saliendo por separado. Llegaron a la puerta y cada uno tomó su camino. Cualquiera que los viera en la calle no se habría imaginado lo que sucedía entre ellos un jueves al mes, en la sala de cine.
El semáforo marcó rojo. Amanda caminó entre la gente y atravesó la avenida hacia la parada del autobús. Le gustaba utilizar el servicio público de autobuses cuando iba hacia el centro por dos razones: la primera porque le gustaba leer y en el bus podía hacerlo con facilidad, y la segunda porque observaba más detalles de los lugares que recorría y ver los rostros de las personas cuando pasaba caminado al lado de ellas, le producía una sensación de calidez que le era muy agradable.
Pagó el servicio, entró al bus y se sentó al lado de una ventana. El día era soleado y sin embargo, el cielo tenía muchas nubes pequeñas aquel día de Agosto. Javier, su hermano, le había dicho que debía presentarse a las diez de la mañana en el Ayuntamiento de la ciudad de Guatemala, porque los habían citado a una actividad del comité de su barrio en donde se iban a discutir unos cambios en el vecindario. Miró su reloj, y agradeció que el bus recorriera rápido las calles de la zona 9 en el carril auxiliar, tan rápido que no le dio tiempo de leer su novela.
Caminó rápido al Ayuntamiento, se acercó al mostrador de información y preguntó dónde se ubicaba el salón La Ceiba. Una vez le indicaron, subió al quinto nivel. Entró a un salón lleno de sillas, con un podio al frente que tenía un micrófono. De acuerdo a la puntualidad chapina, ella había sido de las la primeras en llegar.
Se sentó en la primera fila y sacó el libro que llevaba guardado en su bolso. Buscó la página que en donde se había quedado leyendo la noche anterior. Cuando finalmente inició su lectura, notó que se dirigía hacia ella una anciana. La señora se acercó, y se sentó al lado de ella. No puede ser, pensó Amanda, tantos lugares vacíos y esta señora se sienta a mi lado para preguntarme algo- se dijo. Adoptó una postura muy seria, y puso cara de “concentrada”. Miró fijamente las páginas del libro, pensando que así la anciana no osaría interrumpirla.
-Buenos días jovencita, soy Eva Fernández. Mucho gusto, ¿tú quién eres?- dijo la anciana.
- Buenos días, me llamo Amanda- le dijo la chica en un tono cortante.
Amanda observó a la anciana. Aparentaba tener más de ochenta años. Utilizaba un bastón para caminar. Su cuerpo estaba encorvado. Vestía ropa muy antigua pero muy pulcra y de apariencia limpia. Usaba medias de color piel y unos mocasines negros de cuero que se veían sumamente cómodos. Llevaba unos pendientes de perlas y un collar que le hacía juego. Vestía una blusa de seda palorosa y una falda café.
- Somos vecinas del mismo barrio, siempre te veo pasar de prisa desde mi ventana- dijo Eva.
- ¿Ah sí? No me he fijado. Yo vivo en la trece calle y cuarta avenida, ¿y usted?- preguntó Amanda-
- También, vivo en el mismo lugar. Cada vez que te veo recuerdo cuando tenía tu edad. Sabes, yo era una bailarina de ballet.
- Que interesante. ¿Hacía presentaciones en teatros?
- Sí claro. Bailamos en todos los teatros de la ciudad. Una vez participé en un concurso. Representé a mi país y viajé a Suiza.
En el momento en que Amanda iba a continuar charlando con Eva, las interrumpió un señor y les dijo: Buenos días. Soy el secretario de la señora Patricia Cervantes, la Alcaldesa Auxiliar de su zona. Me llamo Pedro Hernández. La reunión va a comenzar en treinta minutos. La señora Cervantes está atrasada, así que sírvanse disculparla-. Después de pronunciar aquellas palabras, el señor se dio la vuelta y continuó dirigiéndose a las otras personas que esperaban impacientes que la charla iniciara.
- La gente no tiene sentido de responsabilidad hoy en día - dijo Eva.
- Atrasar la reunión a último momento no es profesional – dijo Amanda.
- Lo bueno de esta situación es que podemos charlar. Casi nunca tengo la oportunidad de contarle a nadie mis años de balletista; de hecho, casi nunca tengo la oportunidad de charlar con nadie.
- Por favor, Eva, cuénteme acerca de ese concurso en el que participó, me encantaría saber más.
La anciana comenzó su relato:
En el año de 1947, yo tenía 17 años y participé en el Prix de Laussane. Este es un concurso internacional para jóvenes bailarines de todas las nacionalidades que no son profesionales. El equipo del Prix de Lausanne es como una familia. Todos ellos ofrecen su tiempo de manera voluntaria. Es una fundación cultural sin fines de lucro, que depende de la generosidad de sus donantes.
Ese año yo hice un “acto de ballet clásico”, o sea un género lírico practicado en Francia en el siglo XVIII. En esa ocasión bailé una pieza de la ópera Carmen de Bizet, titulada Habanera. Llevaba un leotardo rojo, muy ceñido al cuerpo y un tutú negro. Mis mallas eran blanco hueso y mis zapatillas de punta eran blancas también. Usé un abanico español, como un recurso para mostrar gracia y feminidad. En mi cabellera, negra en aquella época, llevaba un clavel rojo. Bailé como nunca. Recuerdo los aplausos cuando dijeron mi nombre y pasé al escenario. Entré un poco nerviosa, pero al sentir los reflectores de luz en mis ojos, me dediqué a lo que más me gustaba hacer: bailar.
Todavía puedo escuchar aquella melodía, y recuerdo mi grácil cuerpo hacer los giros, las vueltas. Tocaba el piso con la punta de uno de mis pies, mientras mi cuerpo giraba con la mano izquierda hacia arriba y mi mano derecha movía el abanico. Me transformé en una mujer coqueta que iba seduciendo con sus movimientos. Las notas musicales penetraban una a una en mis oídos y se trasladaban al cuerpo en forma de melodía. Una melodía tan suave y dulce que lograba que yo luciera mis músculos y las partes de mi cuerpo cobraban vida y voluntad. Gané el tercer lugar y traje el trofeo a mi país.
Amanda le agradeció a Eva la confianza para relatarle su pasado y le prometió que pasaría a su casa a visitarla.
La reunión fue más aburrida de lo que Amanda se imaginó. De regreso a casa, pensó que tenía mucho que aprender de Eva, que la experiencia de aquella mujer la podría ayudar en su vida y se sintió feliz por haber conocido a la balletista de antaño.
Enrique y Felipe llevaban más de veinticinco años de ser amigos. Se juntaban todos los jueves en la Taberna de Mauro, en el Pasaje Rubio, a conversar acerca de sus trabajos.
Ambos habían ingresado a la Policía Nacional Civil en los años ochenta. Habían vivido años difíciles en la época de los gobiernos militares durante el conflicto armado.
En los noventas, Felipe se fue a Canadá y estudió para investigador privado. Ahora tenía una oficina en el edificio Engel en donde atendía todo tipo de casos, especialmente, infidelidades.
Enrique seguía siendo un policía estatal, y a pesar de toda la corrupción y tráfico de influencias que operaban en aquella institución, era lo que comúnmente se conoce como “un policía correcto”, una verdadera especie en extinción. Por ello, seguía siendo teniente, después de tantos años de servicio.
En aquel húmedo día de invierno, caminaban por la décima avenida de la zona uno, y se dirigían hacia la casa de la señora Refugio.
-¡Es verdaderamente descabellado que quieras ir a la casa de esa estafadora, para saber si una mujer te quiere o no! -dijo Felipe.
-Tú no entiendes nada de nada. Yanira es el amor de mi vida. Necesito saber si ella me está engañando o si es una “hembra fiel”. Además, doña Refugio es una de las mejores “cartomantes”; es una profesional en el tarot -respondió Enrique.
- Felipe se rió irónicamente y dijo: ¿Qué dijiste? ¿cartomante? ¨¡Esa palabra no existe! Supongo que te refieres a las personas que practican la cartomancia, ¿no es cierto? Esos son farsantes, te lo he dicho mil veces.
Llegaron a la casa de doña Refugio, una casa de una planta, pintada de color amarillo situada en una esquina del Barrio Gerona, ubicada dentro del centro histórico de la ciudad. Tocaron la puerta, y al instante, una joven diminuta, pálida, casi sin busto y muy delgada les abrió la puerta, como si los estuviera esperando, y los invitó a pasar a una antesala. El piso estaba muy limpio. Las paredes no tenían cuadros, eran lisas y vacías. En la habitación, solamente había un escritorio y una silla.
De inmediato, la chica se sentó en la silla y sacó una caja de metal que estaba en el suelo. De una de las gavetas del escritorio extrajo una llave. Abrió la caja muy rápidamente, la puso frente a los caballeros y les dijo: -son doscientos cincuenta quetzales, se deben pagar anticipadamente, en efectivo, aceptamos dólares.
Felipe clavó su mirada de irritación a Enrique, y esto fue suficiente para que éste se avergonzara de lo que estaba haciendo, y le dijo entre dientes: -si no quieres entrar, quédate afuera.
Enrique se sintió un tanto nervioso y pagó. La chica guardó el dinero en la caja, le echó llave, volvió a colocarla en su sitio, se levantó, y les dijo: -Síganme caballeros.
Pasaron por un corredor oscuro y después de una eternidad llegaron a una apertura cubierta con una cortina. La chica la corrió y ellos vieron a un cuarto repleto de veladoras de todos colores, donde se encontraban imágenes y cuadros de Jesús, varios santos, esfinges egipcias y monolitos e imágenes mayas. Había un palillo de incienso encendido, y aunque no podía verse, los dos detectives podían oler el aroma penetrante a rosas y jazmín, tan fuerte que producía dolor de cabeza. Para completar el cuadro tétrico, se escuchaba una música instrumental de fondo.
Se sentaron en un sillón grande y unos minutos más tarde, entró Doña Refugio, una señora de corta estatura, obesa, de cabello color rojo, tan rojo que se notaba que era artificial, pues hacía contraste con sus espesas cejas negras y su bigote que podía verse sobre su labio superior. Llevaba puesta una bata de colores brillantes. Tenía unas uñas artificiales, muy largas y de color negro y azul, con estrellas en las puntas.
Se sentó en una silla, frente una mesa pequeña que estaba delante a ellos, sobre la cual había una bola de cristal que parecía de esas que venden en las tiendas de objetos falsos. En realidad, todo ahí era falso. La quitó y la puso en el suelo. En su mano tenía un mazo de cartas, lo puso sobre la mesa y Doña Refugio preguntó: -¿quién de ustedes es el interesado?
-Soy yo -dijo Enrique.
-Siéntese acá. Por favor, el otro señor, que espere en el asiento de allá –dijo la vidente, señalando a una pared donde había un asiento de de cuero manchado y roto, al lado de una mesa con una calavera.
Al sentarse Felipe en su asiento y Enrique en la silla, la señora comenzó su trabajo. Revolvió la baraja y colocó las cartas en filas horizontales. Inició la lectura. Veía que había sufrido mucho de niño, lo habían abandonado sus padres y ahora era un hombre duro. Le habló sobre el trabajo, prediciendo que venía un año incierto, porque había cambios políticos.
Ante dicha enunciación Felipe se rió pues ese año justamente iban a ser las elecciones en su país. Ese comentario era obvio. Ella le lanzó tal mirada a Felipe al escuchar su risa que el detective sintió hielo correr por su espalda.
Mezcló las cartas y las colocó otra vez sobre la mesa. Le dijo a Enrique que él no era afortunado en el amor, porque a pesar que las mujeres lo querían, no se enamoraban profundamente de él, porque su vida estaba en constante peligro y eso impedía que encontrara a la madre de sus hijos.
Para terminar, doña Refugió cambió su tono de “falso esoterismo” y dejó la voz misteriosa, se puso pálida, y se notaba bastante nerviosa. Tanto Enrique como Felipe lo advirtieron. Estaban expectantes ante las palabras de la bruja.
-Enrique, su vida corre peligro, usted presenciará un crimen y se dará cuenta de quién es el asesino. Lo perseguirán, lo querrán matar, veo mucha sangre y dolor.
Doña Refugio recogió las cartas, se levantó de su silla súbitamente y dijo: -Caballeros, la sesión ha terminado.
-¿Doña Refu, qué le pasa?, ¿por qué se puso nerviosa? -dijo Enrique.
- Yo sé que ustedes no son creyentes de estas cosas, pero yo vi sangre y muerte y usted Enrique está en peligro. Llévese una veladora amarilla y récele a Santa Gertrudis para que lo proteja y le dé esperanza.
De la misma manera en que entró en la habitación, la bruja salió de ella, desapareciendo. Felipe le hizo una señal a Enrique, como indicándole que era mejor salir, y se fueron de ahí inmediatamente.
De regreso a casa, hablaron sobre el extraño fin del discurso de doña Refugio, y Felipe insinuó que de no ser porque él era muy escéptico, creería que la bruja leyó algo muy real, porque no parecía que estaba mintiendo.
Esa noche Enrique no pudo dormir y al día siguiente, de no ser por las 8 tazas de café que había tomado, hubiera estado dormido al final de la jornada. Salió de la comisaría a las seis de la tarde y se marchó a casa de Yanira. Ella ya debía de haber regresado del almacén de telas en el que trabajaba como dependiente.
Dos cuadras antes de la esquina donde se cruzaba a la casa de Yanira, se alargaba un callejón. En ese instante, Enrique comenzó a sufrir las consecuencias de haber tomado tanto café y agua durante el día, y sintió la urgente necesidad de descargar sus riñones. Trató de no pensar en ello, pero la necesidad fue imperante. Él no acostumbraba a hacer sus necesidades en la calle, pero ante la apremiante urgencia, optó por entrar al callejón.
Dentro del callejón, se pegó a la pared. Abrió su bragueta, sacó su hombría y descargó el líquido tóxico, amarillento y maloliente de su vejiga, sintiendo una gran sensación de alivio. Cuando la cantidad de líquido iba disminuyendo, pensó en cuánto deseaba poseer a Yanira, mujer que le gustaba mucho y sabía cómo acelerar a un hombre. Miro para abajo y se dio cuenta que estaba teniendo una erección. Ojalá hoy sea el día, pensó, mientras imaginaba a Yanira desnuda.
En ese placentero instante, escuchó un grito proveniente del fondo de la calle que llevaba al callejón y luego dos detonaciones. No había terminado por completo de orinar, por lo cual se manchó su pantalón en la prisa de sacar su pistola. Si habían disparado a alguien, el atacante entraría al callejón para escapar y por lo tanto pasaría al lado de él. Se escondió en una puerta de aquel desolado callejón.
Una sombra se acercaba rápido hacia él. Saltó de su escondite para detener al hombre que corría. Lo abrazó fuertemente por la espalda y forcejearon. El hombre era fuerte y Enrique hacía todo lo que podía para que no escapara. De repente, sonó una explosión y Enrique sintió un gran dolor en el estómago. Se dio cuenta que le había disparado. Se incorporó como pudo, apuntó a la sombra que corría el frente y disparó dos veces. Se tambaleó y logró apoyar su brazo contra una pared manchada con grafiti bajo una luz de neón. Se recostó y vio al hombre tirado a unos metros de él, sin moverse. Se arrastró y salió fuera del callejón sangrando, y lo último que vio al perder la conciencia fue el cadáver de una mujer que había sido asesinada por los impactos de bala.
El autor del crimen fue trasladado al hospital de la estación catorce y se determino que sus heridas de bala eran leves. Enrique fue llevado a una clínica privada.
Al día siguiente, recibió varias visitas de familiares, compañeros de trabajo y amigos, dentro de ellas la de Felipe. Enrique le narró todo lo sucedido a su amigo. Ambos recordaron las palabras de doña Refugio y discutieron lo que pasó. Quedaron que Felipe llamaría a Enrique cuando tuviese el detalle de lo que aconteció en el callejón.
Tres semanas después, ya recuperado, Enrique volvió a la comisaría. Rosy, la recepcionista de la comisaría, le dijo que Felipe había llamado y que necesitaba comunicarse con él urgentemente. Enrique camino al teléfono público de la esquina y marco.
- Hola Felipe, me dijeron que me querías hablar, que era urgente. ¿Averiguaste algo?
- Lo he averiguado todo. El hombre a quién le disparaste, sus abogados lo sacaron pronto del preventivo, movieron unas influencias, soltaron plata y le otorgaron una fianza. Salió de Guatemala. Me aseguran mis contactos que está en Managua. La mujer a la que asesinó era su amante. Se llamaba Carmina Juárez, salvadoreña. Ambos trabajaban para el cartel de los Zetas distribuyendo droga en la ciudad. Él descubrió que ella lo engañaba con otro del mismo grupo y decidió hacer justicia. Se cree que el jefe de este hombre lo apoyó y le dio su venia para matar a Carmina. Por eso lo ayudaron a salir del país, para que no los chillara.
- ¿Crees que esos narcos me van a buscar?
- Sí Enrique. Te quieren asesinar. Lo mejor es que te escondás, que huyas, y lo hagas ya.
Ese mismo día Enrique presentó su renuncia. Al día siguiente se fue de la capital, llevándose a Yanira. Nadie sabe donde se esconden.
Felipe sigue trabajando en su oficina. Desde un décimo piso, continuamente contempla la vista hacia la ciudad, pensando que su país nunca cambiará. Un país corrupto y sin cultura, sin magia, en donde la gente buena siempre lleva las de perder.
¿Cuánto tiempo tenía de no estar aquí, en esta playa? Qué gratificante, sentir esta brisa en mi cara. ¡No hay nada como volver a casa! Esas eran las palabras que para sí se decía Nikolás, quien después de veinte años de no estar en Kárpatos, regresaba a su ciudad natal.
Había vuelto para el entierro de su padre, uno de los pescadores más viejos de la isla. En ese momento, se encontraba a la orilla de la playa, de pie, vestido con un pantalón de manta impecable y una camisa de diseñador que le sentaba muy bien con el cuerpo atlético que tenía. A pesar de su edad, era un hombre que siempre había tenido mucha actividad física. ¿Y cómo no?, si llegó a ser General del Ejército, después de haber partido de Kárpatos.
-¡Hola Nikolás! Tantos años y sigues igual, siempre tan correcto- dijo Altaír, su mejor amigo de la infancia.
Altaír era uno de los principales pescadores del lugar. Era un hombre salvaje, con la piel olivácea, siempre salada y sudorosa. Su cabello y su barba habían sido doradas por los rayos de sol. Aparentaba mucho menos edad de la que en realidad tenía. Además, tenía un carácter muy especial. Todos en Pigadia, el puerto principal de la isla, le tenían respeto y afecto. Las mujeres lo amaban. Nunca se había casado, siempre andaba de novias, y no lograba encontrar a una mujer quien atrapara su corazón.
Se dieron un abrazo y caminaron por la orilla de la playa, contemplando el Mar Egeo.
- Comprendo por qué Homero en su literatura se refería a Kárpatos como “la isla de los vientos” -dijo Nikolás, quien hablaba con un tono de nostalgia, al sentir el viento chocar contra su cara.
- Vamos a navegar amigo, a recordar los viejos tiempos -le dijo Altaír.
Juntos caminaron hacia donde estaba atracada la lancha. Como Altaír se dedicaba a la pesca litoral que se lleva a cabo en las inmediaciones de la costa, utilizaba una pequeña embarcación de vela que también se movía con el auxilio de un motor.
Navegaron mar adentro. Surcaron las aguas del Mar Egeo y contemplaron su inmensidad y su anchura. Al ver los rayos del sol reflejarse en las cristalinas aguas, los dos sintieron una sensación de paz y alegría. Recordaron su niñez, cuando perseguián a los pescadores para aprender el oficio.
Hablaron de los sueños de juventud, del amor que le tuvo Nikolás a Karissa, y de cómo si ella no se hubiera marchado, él todavía estaría en Kárpatos y probablemente también sería pescador.
-Los días en el ejército no fueron fáciles, -le contaba Nikolás a Altaír-. Extrañaba mucho mi tierra, a mis amigos y a mis padres, a mi hermana, que tanto necesitaba que yo la cuidara. Por supuesto que me dolía la escapada de Karissa con aquel médico español que vino de vacaciones, para llevársela y nunca volver. Eso me dio fuerzas para luchar. El dolor, si no te sepulta, te catapulta.
-Pero llegaste lejos, hiciste lo mejor en el ejército, y vaya que ser un general, te trajo beneficios. Además tienes una linda esposa y tres hijos. En cambio yo sigo aquí, sólo. Mis únicas compañías son mi perro Fideas y mis barcos. Eso sí, algo he de decirte, que este mar nunca cambia, siempre es el mismo. Traicionero para muchos, pero fiel para otros.
Entre bromas, anécdotas, chistes y nostalgias, pasaron los dos amigos navegando el resto de la tarde. Vieron el atardecer; pensaron que no había un mejor lugar que estar en altamar. Ya no recordaban con nostalgia sus días pasados. Se sentían libres de prejuicios. No importaba ya ni el pasado ni el futuro. Estaban en el mar, contemplando su esplendor, su majestuosidad. Ambos sabían que el contacto con el mar les permitía dejar en la playa sus problemas, sus afanes y sus carencias.
¡Qué importaba si la situación de Grecia estaba terrible! El cielo, las nubes, las gaviotas y sus cánticos, el sol y el mar, eran todo lo que necesitaban para ser felices. Allá, en la tierra, no importaba qué pasara. Ellos eran verdaderamente libres. Respiraron hondo, sus mentes se despejaron. Recargaron su energía, porque habían vuelto a sus orígenes, al mar.
Volvieron. Atracaron en el puerto. Saludaron a otros pescadores.
-¡Ya sé por qué siempre estás joven y vigoroso Altaír! Porque siempre estás metido en la mar. Por eso las mujeres andan siempre detrás de ti -dijo Nikolás.
-Hablando de mujeres, Elena, mi novia, nos espera en su casa. Ha preparado Fasolada, Tyropita y Dolmades. Apresúrate amigo, nos espera una agradable velada. Y más tarde, vamos a la Taberna de Dionisio. ¡Los muchachos se pondrán contentos al verte.
Son las 6:35 de la tarde y voy apurada hacia mi club de lectura porque no me gusta llegar tarde. Es la esa actividad que espero mes con mes, no solo porque me encanta discutir libros, sino porque allí es el momento en que veo a Santiago, en casa de Angélica, la organizadora del club.
Entro apresurada. Todos voltean hacia la puerta, saludando cortésmente, y me disculpo por retrasarme diez minutos, pidiendo que continúen la discusión.
- No te preocupes Margarita, acabamos de empezar- dice José Antonio, un viejo amigo.
Una vez instalada, comienzo a buscar a Santiago. Al no encontrarlo, pienso desilusionada que no vino hoy porque tenía algo más importante qué hacer o fue a una cita con una chica más alta y más delgada que yo. ¡Pero no más inteligente, eso sí que no!
El libro que discutimos se llama “Máscaras”, de un escritor cubano, Leonardo Padura. Levanto la mano, me da la palabra Angélica y empiezo a exponer ante las trece personas presentes mi opinión sobre la excelente narrativa de Padura. Me distrae un ruido proveniente de la cocina de Angélica. Se abre la puerta y veo a Santiago venir hacia el círculo de discusión y verme fijamente a los ojos, como suele hacerlo siempre. En ese instante, pierdo el hilo conductor de las ideas que estoy expresando. Me pongo nerviosa. Siento el sonrosar de mis mejillas, las manos me sudan, se me seca la boca y empiezo a hablar mal o demás. Gracias a Dios soy interrumpida por don Pepe, el mayor de los miembros del Club, que no sé si por la experiencia de los años adivina mis pensamientos o si sucede que sólo tenía necesidad de contar que él viajó a Cuba en su juventud y que ésta era tal cual la describe el escritor.
Santiago toma un banquito y se acerca a mí. Me pide que me corra hacia la derecha, se sienta a mi lado y me dice: - Muy buenos tus comentarios Margarita. Como siempre, me dejas sorprendido.
Sus palabras son música para mis oídos. Todo parce ser perfecto, tenerlo tan cerca y tan lejos a la vez, me hace sentir como en las nubes. La discusión continúa, y poco a poco todos los presentes participan. Cuarenta minutos más tarde terminamos contentos por haber discutido un libro más y dispuestos a comprar el siguiente, para dentro de un mes encontrarnos nuevamente allí.
Nos levantamos y vamos a la mesa del comedor de Angélica, quien como todos los meses, tiene una variedad de boquitas y entradas para que continuemos la tertulia. Esta vez Alma nos preparó una tarta de manzana para acompañarla con helado. Me ofrezco a traerlo y me dirijo al refrigerador cuando siento que alguien me sigue. Volteo a ver lentamente, pues estoy nerviosa y veo a Santiago detrás de mí. Mi vista penetra la de él y hasta creo oír hablar nuestros ojos, cuando dice: - ¿Qué tienes planeado hacer después de aquí? Me gustaría que fuéramos al cine-.
Sin pensarlo, le digo: -Pues no tengo ningún plan. Me encantaría ver una película contigo.
Después de comer nos despedimos del resto de los miembros del club y noto algunas miradas pícaras, pues creo que mi felicidad se nota desde cualquier ángulo que se me vea.
Salimos por el portón de la casa de Angélica y Santiago me toma la mano. Caminamos hacia la esquina y nos detenemos para atravesar la calle. Lo volteo a ver acercando su rostro lenta y cuidadosamente, y repentinamente me besa. Es el beso más tierno y apasionado que haya sentido. Un pequeño rayo de electricidad atraviesa todo mi cuerpo, y al llegar al cerebro, éste lo deja dormido, soñando.
–Había deseado esto desde el día en que te conocí- le digo después de separarnos. Veo como Santiago sonríe, sus ojos brillan, y pienso que nunca había estado más feliz que ese día, y me emociono tanto, al punto que casi se me salen las lágrimas del sentimiento. Es un instante eterno.
Seguimos caminando y charlamos de muchas cosas: de él, de mí, de nosotros. Él me confiesa que le gusto desde que me escuchó hablar, que le encanta mi pasión por la lectura y que nos quedan muchas cosas por descubrir y conocer juntos. Yo siento que el corazón me va a explotar. Al estar a una cuadra de distancia del cine, se escuchan gritos de personas y mucho alboroto y desorden. Aprieto a Santiago fuertemente del brazo y mis oídos dejan de escuchar. Hubo unas detonaciones, tan fuertes, que me dejan casi sorda.
Veo a Santiago frente a mí, no lo escucho, pero leo sus labios que me dicen: – ¡No te vayas Margarita!
Todo está nublado ahora, borroso, hay mucha conmoción de la gente. Todos corren de un lado a otro y veo muchos rostros alrededor.
Pasa un momento y abro los ojos. Me doy cuenta que Santiago me tiene en sus brazos, y me dice: - ¡Mi Margarita linda, no me puedes dejar ahora que por fin nos encontramos!
Es en ese instante cuando veo sangre corriendo sobre mi cuerpo y me doy cuenta que fue a mí la que le dispararon. Lo último que pienso es que espero que sean ciertas todas las teorías de la reencarnación que he leído, y espero volver a encontrarme a Santiago en otro tiempo, en otro momento, en otro instante. Mi mente acepta que ha llegado la hora, que ha llegado el fin. Santiago me aprieta y le pido que no aparte su mirada. Le prometo que nos volveremos a encontrar y que en la próxima vida nada nos separará.
Hacía demasiado calor esa tarde y el sol calentaba los cuerpos de aquellos tres patinadores que se divertían con la adrenalina hasta la cabeza en las calles de Santa Rosalía.
- Descansemos un rato. Iré por unos refrescos a la casa, dijo Adolfo-. Al regresar, se dio cuenta que José y Armando se habían quitado las camisas para sentir el viento y lograr refrescarse. Buena idea, se dijo, e hizo lo mismo.
No llevaban ni diez minutos así, cuando de una de las casas frente a la calle en la que estaban, salió un anciano, obeso, con cara de loco, con cachetes de bulldog, que vociferaba insultos como hacia sus adentros, y se dirigió hacia ellos, -¡Hijos de la chingada, ustedes son unos ladrones mareros! ¿Qué hacen frente a mi casa y sin camisas? ¡Váyanse a la mierda! ¡Han de estar planeando otro atraco a los vecinos o a mí! ¡Voy a llamar a la policía a decirles que ustedes me están vigilando!
Lentamente José se acercó un poco al anciano obeso y le dijo, -Relájese brother. Nosotros somos amigos de Adolfo. Él vive acá-. señalándole quién era y al mismo tiempo Adolfo con una cara de susto levantó su mano derecha.
- ¡No les creo! ¡Ninguno de ustedes tres es de por acá; son mareros, ladrones, y quién quita si hasta matones, auxilio-! gritó y salió corriendo hacia su casa.
- ¿Qué onda fue eso Adolfo, vos lo conocés? Y vos José, qué huevos haberle hablado así relajado al viejo ese-. comentó Armando.
Todos se estaban riendo cuando se abrió otra vez la puerta de la casa del anciano obeso. Pero esta vez, salió acompañado de dos hombres jóvenes, quienes se notaban estaban muy enojados y con cámaras en mano se acercaron a los muchachos y comenzaron a tomarles fotos.
- ¡Qué putas muchá, tranquilos, no nos tomen fotos! ¿Qué van a hacer con ellas? Nosotros estamos en una calle pública. Nadie nos puede venir a maltratar ni a querer sacar, solo somos “skaters” y nos quitamos las camisas porque nos dio mucho calor.
Uno de los hombres se acercó a José y amenazante le dijo, -Yo sé que ustedes son algunos de los que robaron en una casa allá en la otra cuadra y nos están controlando, se los va a llevar la gran puta –. Dio la vuelta para entrar de nuevo a la casa.
- ¡Vení para acá y peleá como hombre! - dijo José, muy molesto y listo para rifársela con aquel individuo, quien en ese momento se giró, le tomo una foto más y salió corriendo hacia dentro de la casa y somató la puerta.
En la noche, José pensó en aquel incidente tan desagradable y no le dejaba de molestar la idea que aquellos hombres les tomaran fotos a él y a sus amigos y que los amenazaran.
Al día siguiente a las diez de la mañana, José escuchó su celular por cuarta vez. Somnoliento, se arrastró hacia la mesa en donde lo tenía y contestó sin ver quién le quería hablar con tal urgencia.
- José, soy la Cookie. ¡En qué estás metido! Un amigo mío del Facebook subió varias fotos anoche de vos y unos tus amigos, e indica que son delincuentes, que son buscados en Santa Rosalía y sus alrededores, y cuenta que agredieron a su abuelo, y que son los sospechosos de robo. ¿Qué fregados está pasando José?
- ¡Mierda, mierda, tres veces mierda! Ese hijo de puta… Cookie, tranquila, no le vayas a decir a mis viejos eso del Facebook. Yo voy para tu casa en un rato y te cuento. Así no es la cosa, yo solo estaba patinando sin camisa frente a la casa de ese viejo y nos armaron pleito. Yo te cuento todo. Voy para tu casa, calmada.
Se estaba bañando cuando escuchó nuevamente el celular. Salió corriendo y esta vez era un amigo de su tío, quien le contaba lo mismo. En los cuarenta minutos siguientes recibió once llamadas de personas diferentes contándole que su foto estaba circulando la red social y que era tachado de delincuente.
Llegó agitado, molesto y asustado a casa de la Cookie, su tía más joven, quien lo esperaba en la sala, laptop en la mesa de centro, con su foto agrandada en la pantalla, amenazante y con una frase al pie que leía, “Busco información de este delincuente. Rondaba junto a otros la casa de mi abuelo, esperando para entrar a robar.”
José le contó todo a su tía, y ella dijo, - Ese amigo mío es raro, es abogado y le gusta llamar la atención. Tené cuidado y no volvás por allá. Te puede meter en un problema mayor.
José regresó a su casa, cabizbajo, pensando que debió haberse puesto menos brincón, que no debería haberle gritado a nadie en aquel lugar y que ahora sería recordado por muchos como “El ladrón de Santa Rosalía”. Qué vaina eso del Facebook, nunca pensé que me fuera a pasar algo así. Esa mierda no solo sirve para conocer gente sino también para difamar.
















excelentes descripciones!
ResponderEliminarGaby, considero que haces un muy buen uso del vocabulario y tus historias atrapan. Felicidades.
ResponderEliminar